miércoles, diciembre 03, 2008

Pena de muerte: Por qué sí y a quiénes

Se puso buena la cosa. Para no ver sólo mi torcida versión de los hechos visiten La caja de té y Abstracta.
Ok, entonces vamos en que: El PVEM y su propuesta son un bodrio, y el modo de plantearlo al ciudadano corriente es de lo más irresponsable, como casi todo lo que se plantea a través de medios masivos de comunicación (o de comunicación masiva, ya dirá el cuentero del Pecatus).
Hechos: En el pensamiento mexicano ortodoxo contemporáneo, tenemos criminales en la sociedad y no los queremos. Algunos de estos criminales son más dañinos que otros: No juzgamos igual al que roba cable que al que secuestra y mata. Nos ocuparemos de pensar en los que secuestran y matan. La pregunta es: ¿cómo evitar tener entre nuestros ciudadanos elementos que secuestren o maten? Las alternativas en pugna son: La cárcel y la muerte.
Que la educación es la vía más deseable es asunto que parece no necesita discusión, pero el hecho es que vivimos en una sociedad que repite esquemas y en la que una reforma educativa de corte cultural, donde el ciudadano no evite secuestrar o matar porque será perseguido por la ley, sino porque se sentiría avergonzado de faltar a los principios de su patria y su cultura, está en mi opinión a cuando menos una reforma estricta de control natal y dos siglos de distancia.
Abordamos pues la opción vigente: La cárcel, que pensada como mecanismo para reformar al ciudadano no funciona, por el contrario, lo hace peor. Hasta ahí estamos de acuerdo. Argumenta Pomfolygopaflásmasin Lesquenorio
que no estando demostrado que las cárceles son necesariamente ineficientes, es falaz que la pena de muerte es una necesidad social. Y se tiene qué estar de acuerdo con tal argumento desde un punto de vista deductivo.
Es más, pensar la pena de muerte como una alternativa que sí funcione para disuadir al ciudadano de hacer carrera criminal, asegura Guillermo Garduño Valero, Investigador de la UAM en microentrevista de 30 segundos para Publimetro, no tiene un sustento inductivo en tanto que aquellos lugares en los que está vigente no han visto disminuir su índice delictivo.
Es una realidad que quienes se han visto agraviados por crímenes tan horrendos, como los que abordamos, y a los que sumaría la violación, suelen clamar por cierto resarcimiento, que dada la naturaleza de los crímenes cometidos sólo quedaría satisfecha o con la muerte.
Cárcel o tortura con un tubo oxidado en el orto de alguno de esos canallas está visto resulta insuficiente, pues penas más severas o el regreso a los tiempos de la tortura podrían traducirse en ex presidiarios sedientos de venganza…
El asunto de la venganza, en tanto que atiende a pulsiones individuales y no necesariamente a una idea de justicia, es ciertamente un argumento cuestionable para promover la pena de muerte.
Pero aún si pensamos en la justicia en aras al bien común y no a la satisfacción de las emociones o pulsiones, ¿qué nos hace pensar que el asesino o el secuestrador pueden reformarse?, ¿en virtud de qué merecen la consideración de los demás ciudadanos?
Es cierto, yo dije que no es del todo culpa de ellos que las cosas llegaran a tal punto, pero aún en el entorno más mórbido hay quienes eligen la virtud como camino para sí. ¿Es nuestro deber pensar en justicia para quienes nos han procurado males tan terribles?
El móvil para promover la pena de muerte no debe ser la satisfacción de venganza, ni la incompetencia exhibida por las cárceles para reformar criminales; estableciendo mi postura en pro de la muerte de criminales demostradamente responsables de muerte, secuestro y violación, diré que:
Si bien no está demostrado que las cárceles sean necesariamente ineficientes para reformar criminales, tampoco está demostrado que sean eficientes, y la tendencia observada es que antes darán rendimientos el enciclomedia y la selección nacional… No podemos decir que no sucederá nunca, pero si lo hacen, será en un futuro remoto.
Si bien el índice de delincuencia no bajó con la pena de muerte, como apunta Guillermo Garduño, es una realidad incuestionable –y mi argumento del post anterior- que esos criminales finados no reincidieron ni lo harán.
Por supuesto que habría qué pensar en atenuantes y agravantes. Un borracho que mata a peatones por conducir en estado de ebriedad… ¿merece morir? No estoy seguro todavía… Porque algún radical diría que debe morir ya sea que atropelle a alguien o no, y más aún, que todos los ebrios o no que atropellen a alguien también mueran… Esa clase de extrapolaciones son las que seguramente trataban de prevenirse en la caja de té... Asímismo, se busca prevención respecto al más escandaloso asunto de la disociación... Diré que tal cosa es posible sólo cuando ha habido un proceso de asociación... Y no creo que todos los pobladores de la nación califiquen para considerarlos dentro de tal proceso.
Es claro que hay mucho qué hablar, no pongo puntos finales, sólo los que falta poner sobre las íes:
El trabajo sensible sería determinar entonces quiénes deben morir, y quiénes decidirían tal cosa. Mi primer propuesta: Quienes hagan del asesinar o secuestrar su modus vivendi, así como aquellos de quienes se demuestre reincidencia en violación sexual, y tortura física.
Quien diga que soy intolerante miente: No puse americanismo ni fallar penales.

2 comentarios:

metztli dijo...

de acuerdo en varios aspectos que por la tematica abordada no pueden ser definitivos. lo preocupante seria ser tolerante con la clase de personas que hacen de su modus vivendis y modus operandis los asesinatos o secuestros, pero bien dices, no hay punts finales, sino puntos suspensivos.
por cierto, que chido que estes tan a gusto!!!! yo tambien!!!! je je

Larry dijo...

Bueno, uno puede desearle la muerte a quién le plazca, justificadamente o no. El problema es que como política de Estado implicaría asumir muchos supuestos (éticos, metafísicos, etc...) que una postura racional (no benevolente) no podría admitir.